Por muy completa, ajetreada o “realizante” que sea nuestra vida, continuamente tenemos expectativas. Y con expectativas no me refiero a planes de vida, planes de futuro o planes a largo plazo (por Dios, qué agobio con sólo escribirlo). Me refiero a planes a corto plazo, días/periodos/personas/momentos que esperamos con verdadera emoción.
Cuantísimas veces hemos tenido el día lleno de expectativas, o mejor dicho, de “interminables esperas de algo/alguien” (acabar de trabajar, el momento de meterse en la cama, ese fin de semana de viaje, la visita de/a alguien especial…), pequeños cachitos de vida que imaginamos mentalmente y que, como todo, acaban llegando. Pero la espera, a veces, es cruel. Cruel porque toda esa imaginación, ilusión o nervios son proporcionales a la percepción del tiempo que pasa hasta que llega el día D y la hora H: cuanto más lo deseas, más lento pasa el tiempo.
Pero no todo acaba ahí…la crueldad del asunto tiene un doble filo: después de eternas(que nunca lo son) esperas, lo esperado se pasa en fracciones de segundo, o así es percibido. Da igual cuánto tiempo real dure el tema en cuestión, siempre pasará volando, dejando tras de sí una sensación que mezcla dicha y pena a partes iguales. Dicha por haberlo vivido, pena por esa misma razón.
El caso es que me hallo en esa última crueldad de las expectativas. Hace nada era Jueves o Viernes, después de una semana que se me ha hecho eterna de verdad, tanto laboral como mental y emocionalmente…una encafetada y nerviosísima “yo” iba a la RENFE a terminar de esperar lo que ansiaba desde hacía bastante tiempo. Porca miseria, cinco minutos más de espera. Mi delatora cara (“sabe más el demonio por viejo que por demonio”) parecía recién operada con botox, y mi cuerpo en general también, por tener todos los músculos en tensión. Empieza a salir gente del tren, apago con nervios mi cigarro y espero otros tantos eternos segundos.
Apareces. Y mi tensión llega al máximo en el camino de 20 metros que sigues para encontrarnos. Me abrazas….y toda esa tensión se diluye, dando paso a un fin de semana increíble, lleno de cosas increíbles en, éste, nuestro pequeño “Gran Hermano” particular de 46 horas….
Te vas por donde viniste. Y esa perra sensación me invade hoy, alegrándome de lo vivido pero esperando ya la próxima. Odio este círculo vicioso, porca miseria. Y es que este fin de semana he sido, como mínimo, tremendamente feliz.
Expectante me hallo para serlo de nuevo en un futuro no muy lejano.