Peladilla
Ni un durete que tengo, oiga.

Este dibujo expresa a la perfección mi relación con los euros. El (poco) dinero que tengo me maneja a mí, no yo a él.
PODEROSO CABALLERO DON DINERO…..
Ni un durete que tengo, oiga.

Este dibujo expresa a la perfección mi relación con los euros. El (poco) dinero que tengo me maneja a mí, no yo a él.
PODEROSO CABALLERO DON DINERO…..
Con cierta sorpresa, cuando el despertador sonó a las 06.45 no sólo me desperté, sino que estaba despejada y de buen humor. “Ganitas de ser responsable”, me dije a mí misma cuando el único sonido que escuchaba en el piso era el cascabel de mi tobillo gatuno. Una vez más, salí a la calle y vi el Mississippi abierto (para variar) y en la puerta una pareja cuya nariz no tenía nada que envidiar a las aspiradoras industriales (para variar). La tonta del bote, también conocida como Lina Morgan, era lo más parecido a mí en esa situación: yo me voy a la Universidad, vosotros pseudo-acabáis la fiesta. Son las 07.15. Hay que ver cómo está el mundo (mi calle) a esas horas de la noche-mañana. Y con el frío que hace….por Dios, qué frío!
Próxima aventura, el BUS. Carrerita, (porque siempre pasa cuando aún tengo que cruzar), asiento, Ipod. Con mis dedos criogenizados estalactitosos sacando el bono y mi nariz de Rudolph mañanera observo que hay sitio y de sobra. Increíble pero cierto, teniendo en cuenta cómo estaba el percal la semana pasada. Caras de sueño, de borrachera dulce, de borrachera con barriga perjudicada y de resignación en plan “tengo que ir a trabajar”…unos Carnavales de ¡ Noviembre ! en toda regla,vamos.
Y justo cuando llevo la mitad del trayecto, me doy cuenta de que no tengo ni P*** idea de en qué clase tengo clase (valga la redundancia). Después de llegar, congelarme hasta lo incongelable (me pregunto si es cierto que el cuerpo está a una temperatura de treinta y pico grados, el mío debía estar a -10) y tomarme un café, decido preguntarlo. Me siento margi porque hasta entonces he estado dando vueltas sola por el aulario buscando a algún otro margi que vaya a la clase de marketing político los Viernes a las 8 de la mañana. Sabía que era en la primera planta, pero no en cuál de las veinte clases que hay…. Cuando me lo dicen, me planteo si no puedo quedarme en la calentita secretaría por un periodo vitalicio en vez de buscar clases, margis y profesoras. Que calorcito más bueno…
…que se rompe al tener que esperar en la puerta de clase hasta que llega mi profe. Solas ella y yo, nadie más. Y no da clase porque estoy yo sola y tener el monopolio de materia en apuntes no es del todo correcto. Me voy, otra vez, al bus. Frío, me cague’n !! El conductor (que casualmente era el que me había llevado a la Universidad) me sonríe y veo en sus ojos una expresión de “pardillaqueselevantalosviernesparanadacuandolascallesaúnnoestánpuestas”. Pienso que, con razón, mi cuerpo nunca se levantaba los Viernes a las 7 de la mañana bajo ningún concepto.
Me siento, hoy es mi día de suerte, enchufo el Ipod y a mi mente sólo llega un refrán modificado pero real….
…NO POR MUCHO TEMPRANAR, AMANECE MÁS MADRUGO…
Lógico porque no tienes definición. No hay términos para describir todos esos pequeños matices de tu ser que son, precisamente, los que te hacen especial. Escapas a toda lógica, a todos mis esquemas…y no es la primera vez que lo haces. Probablemente, tampoco la última.
La etapa de la inocencia, la del despertar, la del sufrir y la de la madurez. Contigo siempre, como un guión viejo de historias cruzadas que se mantiene a lo largo del tiempo. Como un “quiero y no puedo” eterno que, a día de hoy, se materializa finalmente. Una línea que marca tus días llenos de personas y circunstancias, pero con un punto de partida común.
Colecciones de escollos que, con el paso del tiempo, se convierten en anécdotas divertidas…dejándote ver cuán ciega estabas hasta que lo descubriste, hasta que te atreviste, hasta que vislumbraste un sentido. Colecciones de besos atrasados y expresiones de lo que uno siente y sintió. Notas de canciones que me hacen estremecer recordando cómo eras, observando cómo eres e imaginando cómo serás. Días que dan miedo y te hacen enorgullecerte de ti mismo a la vez…aunque cada vez escapan más a tu control, hay alguien que maneja estos hilos y no somos ni tú ni yo.
Involuntario como todas esas veces en las que me volví a enredar…sin saber, pero queriendo. Nunca dije que no y nunca me lo planteé. Nunca fuimos amigos, jamás. Nunca nos recomendaron esto, pero nunca hicimos caso. Amor u odio, sin medias tintas. Quizá eso fue lo que fraguó, lo que construyó esa presencia interior constante, al margen de lo que sucediera allá fuera, en la vida de cada uno. En una constante guerra cuyas hogueras seguían encendidas, latentes. Esas hogueras que provocaban sonrisas o lágrimas, pero que tenían una razón de ser, un por qué de existir. Una consecuencia y una causa.
Buscarte en otra persona es imposible. No hay dos como tú. Ni nada que me haga sentir como tú. Así de simple.
Y es que “si volviera a nacer, si empezara de nuevo, volvería a buscarte en mi nave del tiempo”…en la circunstancia que fuera, como fuera e incluso aunque no quisiera. Lo sabes tan bien como yo.
Este es mi mayor regalo…tú. Te regalo una pequeña parte de lo que me haces sentir.
Todas estas sensaciones me han acompañado desde siempre en la noche anterior a mi cumpleaños. Y es que todos los años había algo que esperar de aquel día; quizá regalos, quizá celebraciones, quizá comidas ricas de mi yaya, quizá cenas y cafés eternos de palique. A lo largo de mi vida, recuerdo algunos cumpleaños diferentes con especial brillantez. Y eso que no todos fueron buenos, ni mucho menos.
El cumpleaños de los 8, en el África, como la inmensa mayoría de niños de Elche. Esa combinación fatal entre bocadillos de paté y bocadillos de Nocilla…sabías que la mezcla te sentaría como un tiro en ayunas. La tarta, momento esperado por el protagonismo que tenías, y colofón final a tu indigestión. Pero nunca había una última galleta…siempre había hueco para más, igual que nunca había un último ingrediente para el “potingue” que hacíamos (bebidas, panchitos, ketchup, mostaza…etc) y que nadie bebía por su propio bien. Sabía que no estaba bien, pero dejaba mi autocontrol a un lado por un día. Bajar toda la comida jugando en la plaza y, sí, molestando a los vecinos (pero para eso soy vecina de toda la vida y he aguantado a los demás, oye), teniendo como consecuencia final un flato que ni el mejor deportista. Lo mejor? Que muchas veces no iba al cole al día siguiente, por indigestión. Y como yo, todos los niños.
El cumpleaños de los 10, en mi casa. Sin gana ninguna de cumpleaños porque 1995 fue un año horrible para todos. Ya casi no quedaban parientes en riesgo de muerte, todos habían acabado. Un cumpleaños normal, corriente, con una resaca fea fea: el infarto de mi padre a los dos días. Esperaba que trajeran una caja de rotuladores Jumbo de mis tíos de Alicante y en vez de eso me llevé el susto de mi vida (a esa edad, uno piensa que con un infarto mueres automáticamente). Miedo, mucho miedo y pocas ganas de cumplir años y entender cosas. Al mes, mi otro abuelo se infarta también. El día de los Inocentes.
El de los 11, en casa también. Y sin mi madre, pieza fundamental en mi vida, especialmente en aquellos años en los que te vas haciendo mayor. Andaba por Barcelona, acompañando a mi abuela cuando la operaran. Ella lo sintió muchísimo…y reconozco que yo también. Aunque a veces nos tiremos de los pelos, ese fue uno de los primeros momentos en los que fui consciente de que la necesito.
El de los 12, en Harper’s, el sitio sustituto del África. En una especie de celda que formaba parte del decorado, en un restaurante en el que podías llamar por teléfono a la mesa de al lado (vaya usted a ver la novedad, ahora eso es “de carcas” cuando a mí me supuso un hito) y comías comida americana. Nunca olvidaré ese maíz a la criolla que compartí con el chico que me gustaba por aquel entonces, cuando sólo te gustaba alguien y no aspirabas a más. El mismo que me felicita absolutamente todos los años y al que le tengo un cariño incuestionable.
El de los 14…del que haré mención mañana, por ser quizá uno de los que marcan tu vida y suponen un punto de inflexión. Por ser el día y la celebración anterior a uno de los momentos clave de mi vida. Por ser el día y la celebración anterior al conocimiento de sentimientos, por aquel entonces, desconocidos. La llave de una puerta que nunca he querido cerrar y aún hoy, con más fuerza, sigue abierta.
Señores…hoy cumplo 22 años. Los dos patitos. Y quiero una tarta de galletas y chocolate y una visita…se cumplirán?

A falta de un perro, un gato, un conejo enano, un hurón, unos peces, un hámster e incluso una vaca y una foca, (aunque, realmente, a falta de un Arca de Noé para meterlos a todos ellos) en mi piso hemos creado una mascota. Su origen incierto y surrealista fue razón suficiente para convertirla en algo importante en mi piso. Decorada al más mínimo detalle y aprovechando mucho material de segunda mano es, junto con nuestra nueva planta, la novedad más friki y divertida de mi piso.
Helas aquí:

Base: calcetín de algún vecino/vecina que nadie reclamó tras semanas colgado en el patio.
Añadidos: ojos (folio), boca ( papel de letras de la Quo) y lengua (tira de tela de un anuncio), todo cosido.
Cuerpo: Botella de cristal de Granini que pinté hace mil años, repintada de rosa para la ocasión.
Sólo nos falta el nombre….
¿Alguna sugerencia?
La lluvia, puñetera o no, floja, fuerte o torrencial, tiene un olor característico que todos conocemos y que al que pocos sabemos darle un nombre concreto: huele a mojado, a tierra mojada, a humedad, a agua (y eso que se supone que el agua es inodora) …. Pues bien, me encanta ese olor a “x” que desprende la calle cuando ha llovido y la lluvia cuando ha caído.
En mi mente hay acumuladas muchas experiencias asociadas a un olor, un aroma. Y éste me teletransporta a mis primeros años, en Primaria: o bien bajábamos al patio a coger lombrices (dile ahora a un niño/niña que se entretenga cazando lombrices con un palito),que siempre devolvíamos al charquito, o bien nos quedábamos en la clase, jugando a “El conejo de la suerte”. Gran juego e inocente, donde las guapas de clase eran las preferidas y envidiadas por el resto. Aún así, era tremendamente emocionante darle un beso en la mejilla al chico que te gustaba y recibir uno suyo, si es que tenías suerte. Y ahí se acababa, puesto que ni de lejos te planteabas nada más que eso: un beso en la mejilla jugando al conejo de la suerte (puesto que era la única ocasión en la que lo dabas/recibías)…pero lo recordabas siempre siempre. Eso era ser niño, y no lo de ahora.
También recuerdo este olor con la nariz pegada al cristal de mi ventana y diciendo: “Mirar cómo baja por el Trinquet!”. En casa, siendo una pequeñaja, con calorcito de hogar y papis que hacían caldosito para comer, para entrar en calor(meláncolica me pongo yo). Las botas de agua, el chubasquero y el paraguas que, más que taparte, servía para mojar y que te mojaran por la calle. Para un niño que vive donde no llueve ni a tiros, éstos eran verdaderos días de fiesta. Geniales.
Siguen gustándome los días que llueven, los días en los que cae agua por todas partes y puedo dormir escuchándolo.
Es día de escuchar a Michael Bublé, fumar, comer tranquilamente y dormir siesta, aprovechando la huelga de autobuses y la no necesidad de ir a clase hoy, aunque me estoy poniendo al día en casa a saco…siempre independiente.
Por mí, que caiga el diluvio universal…pero qué agustico!!
Como consecuencia, hemos tenido que esperar, yo y otros doce de mi parada, a que llegara un 24 que tardó veinte minutos. Lo mejor estaba dentro. Cual sardinas en lata, como excedentes de producción, hemos “subido” a San Vicente en un trayecto de 40 minutos. Lógico teniendo en cuenta que es físicamente imposible subir la Avenida de Alcoy con el autobús hasta arriba de gente. Me ha dado tiempo a hacer amigos, a los que apoyé en sus críticas a un chico que no cedió su sitio a una señora mayor (sí, aunque me putee, yo lo hago prácticamente siempre, tengo la conciencia limpia) y la estaba viendo retorcerse de cansancio, intentando agarrarse a una barra y ocupar un hueco de medio metro cuadrado.
En esos cuarenta minutos de recorrido he tenido tiempo de pensar en la huelga, en la velocidad de 10km/h con la que conducía el conductor y en las razones de la huelga. Imagino que sus razones tienen, argumentadas y seguramente coherentes. Pero me parece feo que tengamos que pagar todos por los pecados de la empresa que les motiva a la huelga. Sé que así es como llaman más la atención y como más se plantea el Ayuntamiento sus quejas, puesto que si no perjudicaran a nadie con sus huelgas, no les harían ni caso. Lógico que las monten así, no les echo la culpa ni mucho menos. Pero me putea igualmente porque necesito coger el autobús para desplazarme….así que empresa, háganles caso!
Yo también estoy en huelga personal, no sé de qué. Quiero tenerte aquí y no puedo…Quiero tener ratos contigo y poder hablar, poder pensar que estás aquí sin límite de tiempo ni billetes de tren/avión inquisidores. Quiero compartir contigo todas las cosas que me pasan en días como estos, en los que estoy un poco baja de moral y necesito mimos y pedorretas en la barriga para reírme con todas las de la ley. Quiero verte cuando me dices “te quiero”. Odio tener miles de horas libres y tener que escribirte cartas en vez de hablar contigo frente a frente.
Me declaro en huelga hasta que vuelvas…
Cada día cuesta más abandonar la cama, donde estás calentito hasta la nariz, para poner los pies en tierra y sentir las maravillosas corrientes de mi piso.
Especialmente si anoche, intentando dormir, escuchas una pelea en la calle. Un griterío, para variar, que no acaba en nada pero te da miedo igualmente, con lo que te distraes y ya no puedes concentrarte en oír tu pseudo-mar mental. Porque yo tengo un mar mental donde escucho olas para dormirme. Pero oigo a los camareros del bar y tengo pánico de que les hagan algo, porque de locos está el mundo lleno (y el Mississippi, pseudo bar-after-farlopería de al lado, más aún). Y con lo mimada que me tienen, como mínimo les debo algo de preocupación.
Al final, acabas aburriéndote del tipo que tiene una verborrea mayor que su cogorza, que ya es decir. Y te duermes del aburrimiento (el pan de cada día para los insomnes) y mañana será otro día, con peleas y cogorzas nocturnas, como manda la tradición de mi calle. Con preocupaciones comunitarias y asomos vecinales a las dos de la mañana, que no tenemos nada mejor que hacer, hombre…
Cuando te despiertas, calentito en tu cama-cebolla llena de sábanas, colchas, colchitas y edredones. Y por mucha chaqueta vieja de abuelo, doble calcetín o palestina que lleves, hace un frío del carajo. Los grajos ya deben estar volando por los suelos, oye.
En honor a mi primera erasmus, aquel pequeño hobbit del siglo XX que tenía un “laptop” por bebé y calcetines-zapatillas de lana….Querida Schwamm,
Ya hace “fresquete”!!!!!!!!!!!!!!!
Hut & Put son sólo dos miembros de una gran y sádica herramienta llamada Investigación de Medios, que os perseguirá a todos aquellos que pretendáis dedicaros a la publicidad de una forma legal, es decir, título mediante. He aquí una pequeña presentación:
Resulta que la planificación de medios es una interesantísima herramienta que, como su nombre indica, planea, organiza y gestiona la publicidad en los medios de comunicación (aprox, que aún no me empollé la definición). Dicha herramienta contiene una grandiosa dosis de teoría, que aunque a primera vista pueda parecer difícil, es una balsa de aceite si la comparas con la dosis práctica. Fórmulas, formulillas y superfórmulas rodeadas de términos que a) No están en tu idioma y no tienen traducción directa, y b) No los has oído en toda tu vida, así que ninguno te resulta familiar. Y cuidado que no cortes bien los decimales, porque embarcas en un vuelo gratuito y directo sin escalas a Septiembre.
Afortunadamente (mal de muchos, consuelo de tontos…pero prefiero serlo), hay mucha gente como yo a la que la calculadora le pone más nerviosa que un predictor a alguien que prefiere mil veces la regla. Por desgracia, mis cualidades matemáticas no han mejorado con el paso del tiempo, acordes al desarrollo de mi cerebro, como era de esperar. Es más, si no se han mantenido (que no es el caso), han empeorado considerablemente porque ya me veo mucho más vieja pero igual de tonta (lo que se traduce en más aún). Sigo sintiendo esa tensión y esos recuerdos bruscos de la infancia-adolescencia ante la calculadora:
Dolores de barriga intensos antes de la clase de matemáticas en 3º de Primaria. Miedo en estado puro a pesar de que, por aquella época, se me daban de lujo (lógico teniendo en cuenta el nivel). Mi abuelo, también conocido como “el gran héroe de mi vida”, me recogía en el colegio y daba la casualidad de que siempre era los mismos días a las mismas horas. Sé que era algo psicosomático, pero juro que me dolía de verdad.
Exámenes estudiados un mes antes en la ESO (sí, sí, en aquel limbo llamado Secundaria en el que estudias dos días antes) con solucionario…aunque mejor haberlo quemado, no me cuadraba ni un número. Numerosos intentos, quiza quince o veinte, de rehacer con buena gana el ejercicio en busca del fallo capital…intentos frustrados, por otra parte. Llamadas de amigas el día de antes comentando que no sólo habían salido el día anterior, sino que además habían hecho cinco veces cada ejercicio y les salía, así que se iban a tomarse un café. Llantinas, nervios, frustración, impotencia. Al “infinito” hubiera yo mandado al dichoso “número E” sin billete de retorno. Por Dios, que época más horrible.
Rabia contenida por las experiencias anteriores en la etapa universitaria. Economía, aquella gran desconocida. Después de un curso, junio fallido, verano de clases, septiembre fallido, y un invierno de clases intensivas y particulares, aprobé porque al profesor le di verdadera pena, con mi 4 en el examen. Y una respuesta marcada en lápiz que, casualmente, era correcta fue lo que me subió al 5. Salí de la facultad y dejé mi bolso en el césped para ponerme a llorar sin límite…me suponía lo mismo que una oposición.
Y ahora, en mi último curso de la Universidad, me enfrento a la misma perra sensación. Mi compañera dice que tengo cara de drogada después de un rato intentando sacar resultados de una misma puñetera fórmula. Con eso lo digo todo.
Repito: ODIO TODOS LOS TIPOS DE CÁLCULO.
He pasado 35 horas geniales. Desde el primer segundo hasta el último. Y, aunque vuelvo a la teoría del hueco como en cada despedida, satisfecha y orgullosa me siento de esta escapadilla imprevista.
Porque no hay dinero que pague el sol y Silvio tirados en el césped de Moncloa. Ni las coñas del Dürum separadas por besos fugaces mientras te sujeto la cabeza. Tampoco el levantarme contigo, haciendo el esfuerzo de vestirme con el frío que hace, para acabar fugándonos tu clase. Ni mucho menos esa sensación de protección que me da el oírte respirar a mi lado en la cama. Ni una siesta de tres horas a las 7 de la tarde o una cena a la 1 de la madrugada. Ni esa posición corporal que siempre da tan buenos resultados. Ni la sensación de barbilla exfoliada, labios cortados y magulladuras graciosas. Tampoco esos momentos de arrumacos en el metro, entre otros momentos de incógnito capilar. Ni las risas provocadas por pedorretas barrigueras (jmjmjmjmjmjmjmjm interior). Ni las sentadas en la silla buscando casas para nochevieja de viejos rosas. Ni el súper mejunge con sabor a fresa calentita, las fresas con nata a las 4 de la mañana y el brownie bizcochil de mi amada “suegra” (rediuuu, cómo suena!).
Jamás habrá dinero suficiente para pagar el enterarme de que, aún sin saberlo, siempre me has acompañado en los malos y buenos momentos. Siempre aquí, estando o no, pendiente de mi, de mi vida y mis ánimos. Todo lo que diga que mereces es poco…
…por eso nunca me importará el dinero si tengo escapadillas como ésta.