Elijan, señores….
Sin ánimo de ser masoquista, me he puesto a pensar hace un rato en la dichosa campaña electoral. Lo cual me recuerda que me quedé a medio punto del aprobado en mi examen de marketing político. Lo cual me recuerda que, en breve, tendremos el camioncito del partido que apoya a la República bajo de mi casa, himno con altavoces incluido. Lo cual me recuerda que, el día que empezó la campaña, mis padres y yo nos planteamos mudarnos a algún lugar apolítico porque no podíamos más y sólo acababa de empezar. Lo cual me recuerda aquella recalentada conversación en la clase de Historia de 1º de carrera (dios…qué vieja acabo de sentirme). Lo cual me recuerda que las campañas electorales me dan rabia, mucha.
Me gusta la política, lo confieso. Me gusta analizar a todo candidato en esas cosas rebuscadas que sólo yo pienso (algo como “Mm…lleva la raya del pelo a la derecha y una corbata medio roja/medio azul…qué querrá decir?”) y con las que mi padre alucina. Aún así, no me gusta confiar en exceso en un candidato. Quizá sí en una ideología puesto que esas cosas, a mi juicio, no admiten personificaciones ni representaciones en una sola persona. No soy partidaria de afiliarse a los partidos a no ser que uno lo tenga muy claro. En mi opinión, nunca un partido hecho de diferentes personas podrá representarme…porque como todos, yo soy única y mis ideas pueden cambiar con el paso de los años. El candidato vive tal cual hasta que llega el momento de Pre-Campaña, en el que se convierte en una hermanita de la caridad. A fin de cuentas, lo entiendo…yo no puedo hablar de honestidad en cuanto a vender bien a alguien, me dedico a eso.
El caso es que, en estas elecciones, me estoy planteando mucho qué votar y si hacerlo o no. No tengo nada claro, nada más que mi ideología. Pero no me siento al 100% identificada con ningún candidato. Me gusta la política, pero últimamente parece más un “no te ajunto” de niños que una dirección del país. No me interesa lo que penséis el uno del otro, sino qué pretendéis hacer para que todos vivamos mejor (y para que baje la leche, por Dios!).
A fin de cuentas…sólo se trata de elegir al menos malo.

