“Solete” era la forma que tenía de llamarnos a mí y mis hermanas una vecina de mi abuela. Vecina que, por cierto, nos asumía a nosotras como nietas (dado la ausencia de propias que tenía la mujer) y se desvivía por nosotras comprándonos ochocientos polos en el “Colmado” de bajo de su edificio.
Solete es lo que hace hoy. Por suerte, ha salido un día muy bueno en Alicante, días previstos como feos mientras que en Madrid iba a hacer un sol de justicia. Y así ha sido. Tras mi visita mensual a mi eternidad, hoy no tengo esa sensación fea. Pero, atentos, no es que no la sienta, sino que tengo un sueño de mil demonios que me impide un normal funcionamiento mental. Tras casi “empalmar” para coger el avión, porque una hora de sueño para mí es no dormir, he intentado no dormirme en el vuelo y cuando he llegado a Alicante me he decantado por un taxi ante el riesgo de quedarme completamente dormida en la parada del autobús, o bien en el propio autobús. Ha sido una visita express en toda regla.
Visita express que, por cierto, ha sido genial. En dos días de convivencia se pueden recuperar quince de ausencia y reafirmarte en la teoría de que lo que tienes es, como poco, una maravilla. Y si bien es incómodo tener que desplazarte, tener que estar sujeto a unos horarios de avión/tren y tener siempre que volver a casa, es maravillosa la sensación de verte de nuevo, de recibir abrazos de nuevo y sentir esa tensión que te mata lentamente mientras atraviesas la T4 en búsqueda de la salida donde, sabes, está ÉL. La T4 pone los corazones a prueba de bombas porque, si ya en tu aeropuerto de origen estás muerto de nervios y en el avión el aterrizaje te parece el juicio final (en cuanto a tiempos de espera, supuesta la burocracia celestial), cuando pones los pies en la tierra y tienes que seguir los miles de carteles/cintas/indicaciones luminosas/escaleras en pos de una salida, el corazón parece estar sufriendo un infarto. Luego llegas, lo ves…y es una sensación que sólo los que viven una relación a distancia pueden conocer. Como empezar otra vez.
Y eso es lo que he sentido esta vez, cuando hacía más de un mes que no volaba a tierras madrileñas. Ha sido tan divertido como siempre, tantas risas como la primera vez que me hizo reír, allá por los tiempos de Maricastaña. Tanta emoción como entonces. Tantas expectativas como aquellas que se tuvieron en los inicios. Perfecto. Como cada vez que empezamos de nuevo esta cosa nuestra.
Mi sueño ha sido el único inconveniente, ya que tres horas de sueño mañanero y una de siesta no son suficientes. Tanta fracción me está matando esta tarde. Aunque lo prefiero a esa sensación fea de ausencia que llegará una vez pasado el sueño. De hecho, está llegando ya, quizá como efecto del café y de este post. Porca miseria, pienso, el tener que compaginar alegría por lo vivido y pena por la espera hasta la próxima vivencia, pena por la ausencia. Me motivo pensando que queda tan poco…
…que en nada, estaremos los dos AQUÍ definitivamente, justo en esa época de intenso SOLETE.
Y como premio, tanto al tiempo como a mi eternidad, pongo una canción de Bobby Hebb que cuenta las sensaciones que ambos me hacen vivir y que me gusta bastante. Un minipunto para este par de soles (el astro rey y la mejor persona del planeta) por alegrarme la vida.