Mírame, soy feliz…
Me he alegrado de crecer. De haber crecido, para ser exacto.
Venía yo por la calle hace escasa media hora (a la 1 de la tarde), sintiéndome descansada por haber dormido mucho y bien, sin nada de resaca porque anoche fue una noche de 0 alcohol y 0 fiesta, pero especial por ser sólo una noche pasada con mi eternidad. La calle, abarrotada por la fiesta que hoy es en Elche, estaba llena de niños, no tan niños, familias y abuelos con nieto que se lanzan, a pesar del mal tiempo, a celebrar un domingo por la mañana. Cuál no sería mi sorpresa al encontrar a una parejita (cuya relación desconozco, digo pareja por ser dos personas juntas) de adolescentes tirados en un portal, medio durmiendo y con una cara que daba fe de que aún estaban perjudicados por la noche de ayer, con la pintura corrida ella, con cara de póker él. Me pregunto qué estarían pensando esos padres o qué mentira dijeron ellos a los mismos. Me pregunto por sus circunstancias, que siempre he dicho que motivan a las acciones que llevamos a cabo. Me pregunto por qué aún siguen en la calle con escasos dieciséis. Desconozco, no juzgo. Sé que es una edad difícil. Pero me asusto.
Me asusto porque salgo por la noche y lo que veo me da miedo. La gente pequeña me da miedo. No por miedo a mi persona, sino por miedo a las suyas. Miedo a que un día traiga alguien al mundo y éste/a tenga que compartirlo con hijos de gente que me da miedo, con valores nulos y con la necesidad de llamar la atención. Ayer comentaba con un compañero del master, mayor que yo y con hijos, que el problema es que los “límites” que teníamos su generación y la mía son una nimiedad comparado con lo que se plantean como límite los niños/adolescentes de ahora. Prueba de ello esa pareja de no más de dieciséis años que se queda medio dormida en un portal hasta la una de la tarde del domingo. Afortunadamente, no me gusta generalizar y sé que hay gente de esta edad que no es así.
¡Sálvese quien pueda!
