Gracias
Cuando yo era pequeña, mi abuelo no era mi abuelo. Era mi amigo.
Sin hermanas de mi edad en casa y con trabajos de padres, él era todo. Quizá no sabía cómo considerarlo, si como abuelo,amigo o padre por el tiempo que pasaba con él y las enseñanzas que me proporcionó. Porque era todo lo que yo tenía, así de simple, teniendo padres, hermanas y abuelas. Pero nunca me avergoncé de mostrar que era mi preferido; si a alguien no le gustaba, que no mirara. Por mucho que alguien hiciera lo mismo que él, le arrebataría el puesto. Jamás. Levantarme tenía sentido porque me acompañara al colegio. Volver de él también, por encontrarlo en su casa ajetreado entre sus papeles (nunca entendió esto de la jubilación al 100%). Éramos un par de seres peculiares con 70 años de diferencia, pero nos necesitábamos.
Cuando yo era pequeña, mi abuelo era mi profesor, mi entrenador personal y mi filósofo.
Me felicitaba por mis buenas notas pero me daba "clases" por las mañanas en verano, me enseñó a leer, a escribir, a expresar con letras aquello que pasase por mi cabeza, a redactar, a hacer cuentas..yo le compensé enseñándole algo de inglés años más tarde. Quitó las rueditas a mi bici tras innumerables intentos de subir "medio escalones", siempre a mi lado por si caía, me enseñó a nadar y a hacer ejercicio en el agua, mientras moría de miedo al verme hacer volteretas y contener la respiración. Me hizo conocer los valores, la ética, lo que está bien y mal, el valor del trabajo y de ser bueno. Todo lo aprendí gracias a él...hasta hace bien poco, incluso en su inconsciencia. Nunca dejó de enseñarme. Era y fue mi punto de referencia, el absoluto.
Cuando yo era pequeña, miraba al resto de niños por encima del hombro henchida de orgullo. Mi abuelo era mi héroe y por fuerza debería serlo también de los demás. No era un abuelo típico, más bien parecía un hombre al que los años le habían hecho mucha justicia. Un hombre de casi 80 años que iba en bicicleta, vestía siempre de traje y tenía una mata de pelo en la cabeza comparable a la de Sansón. Un hombre de casi 80 años que me aguantaba en su brazo en el día de Cantó (mientras otros niños se resignaban a subirse a los maceteros de la calle) y corría por la calle cuando llegábamos tarde, muy poquísimas veces, al colegio. Era un hombre del que yo, orgullosa, escuchaba hablar a mis profesores. Tuvo mil trabajos y volvió de Madrid andando cargado de su máquina de escribir, allá cuando acabó la Guerra Civil. ¿Cómo no iba a sentirme orgullosa de él? Era imposible.
Cuando yo fui mayor, mi abuelo fue el primero al que eché de menos al irme de Alicante. No podía vivir sin él y parecía que él tampoco, con mi marcha llegaron sus problemas. Era el objeto de mis cariños, de mis risas, de mis abrazos. De mis lágrimas, mi rabia y mi impotencia ante las cosas que uno no puede arreglar ni mejorar. Incluso en sus peores momentos tuvo alguna sonrisa o mirada que me hizo saber que estaba presente, aunque no supiera ni a quién se dirigía. Incluso en sus últimos días tuvo una sonrisa de agradecimiento ante cosas tan banales como un beso, un abrazo o unas palabras bonitas, pronunciadas muy despacio y muy bajito, que podía decirle entre lágrimas.
Yo era una prolongación de su brazo y él la del mío. Con razón no sentí rechazo. Con razón lloré como nunca he hecho en mi vida. Con razón actué como actué, haciendo sentir orgullosos a los míos. Con razón quise abrazarlo, despedirle y besarlo hasta el último de mis días.
Con razón sentí que con su marcha, me quedaba sin una parte fundamental de lo que soy.
Cuando me despedí de él, hace hoy tres domingos, sólo me salió una palabra: Gracias.
Porque sólo por conocerlo, mi vida ya tuvo sentido...

