Friday, March 20, 2009

Costumbres extrañas

Hoy, tras dos meses de convivir con nosotros, era el día señalado para llevar a Mao a ser castrado. Suena cruel, sí. Da cosica, también. Pero lo cierto es que esos ataques de ansiedad por abstinencia y el mono que tiene tampoco son buenos para él…más que nada porque no puede llegar a nada con ninguna gata, se ponga como se ponga, si es que no es de peluche. Así que no le queda otra que, como diría Mecano, “mojarse las ganas en el café”. (Canción:Cruz de Navajas)

Confieso haberme sentido como una madre asustada en el día previo a la cirugía: que si es lo correcto, que si lo pasará mal en el postoperatorio, que si se sentirá agraviado como macho e indignado como mascota…en fin, una serie de sentimientos encontrados acerca de la castración que fueron compartidos con mi eternidad ayer, en un intento de tranquilizarme. Lo logré.

Esta mañana, tras haberle quitado la comida anoche y haberlo encontrado durmiendo plácidamente en mi cama por la mañana, me he reafirmado en el hecho de que Mao es sumamente bueno. Más penita nos han dado por ello, mientras nos miraba a través de la rejilla de su caja, esos ojos verdes saltones y ese hocico gris. Costumbre extraña de los gatunos el darte pena cuando saben que los vas a llevar al veterinario y que, como mínimo, va a aparecer en escena el temible termómetro.

Pero no solo los gatunos tienen costumbres extrañas (que las tienen y muchas), sino también los humanos. Mirarse en el espejo del ascensor y poner caras, doblar los sobrecitos de azúcar hasta reducirlos a la mínima expresión, dormir en la misma posición durante toda la vida,romper con delirio todas las burbujitas del plástico de embalar, gesticular exageradamente en algunos casos, o incluso adoptar costumbres de otras culturas.Por ejemplo, a mi eternidad y a mí nos encanta imaginar a los animales en actitudes de humanos…algún día contaré la huida de Picasa en plan Casablanca. He escuchado costumbres extrañísimas que la gente justifica, como el copiarse de los japoneses y dejar las cenizas de un ser querido en la entrada de la casa de uno o como aquella vez que tuve que ver, con estupor, como una conocida dejaba la uña de su abuela fallecida en un accidente en su salón. Real como la vida misma.


Pero juro que, a día de hoy, jamás había oído que uno se quedara las partes de un ser querido tras las operaciones. Por eso, cuando el veterinario nos ha preguntado qué hacer con las bowlings de Mao, mi eternidad y yo nos hemos quedado a cuadros, con una cara de poker entre la ignorancia y la sorpresa. Resulta que mucha gente los pide para que se los conserven en un bote con formol. Imagino que para verlos y regodearse en su decisión acertada o bien para pensar: “Ay, que macho fue mi gato!Prueba de ello son los testículos que tengo encima de la tele.”

De costumbres extrañas está el mundo lleno….y de gente extraña con costumbres aún más extrañas, también.

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Wednesday, March 11, 2009

De cosas, recuerdos y bibliotecas

Desde pequeña he soñado con tener una biblioteca en mi casa. Pero no una biblioteca cualquiera o una estantería en el salón con libros, sino una biblioteca de esas de las películas, dentro de una habitación cuyas paredes se cubren de cientos, miles de libros en estanterías, recorridas por el usuario a través de una escalera con ruedas. Sentir esa tranquilidad que da el estar en una biblioteca, tener miles de opciones para leer o simplemente mirar y lanzarte con tu escalera a lo largo de una estantería…en fin, paro ya que no tengo límite para soñar despierta. Pero es mi sueño.
En mi caso, he decidido que, ante la falta de espacio para tal fin y la falta de dinero para dejarla tal y como la sueño. voy a aprovechar el minizulo que queda en mi piso y hacer allí una especie de estudio en el que pueda meter todos mis libros, cuyo número empieza a acercarse a los 250. Quizá no parezca mucho, pero teniendo en cuenta mi edad y el espacio de que dispongo, es mucho mucho.

Para ello tengo que convertir un “cuarto de los trastos” en un lugar amplio, ordenado y, a ser posible, agradable a la vista. Tras pensar en un cuarto Ikeano, de esos preciosos con tablero de color y silla requetemona, caí en la realidad y me di cuenta de que no, que hay que aprovechar lo que uno tiene y sacarle tajada. Efectivamente, así será. Pero, pese a todo, la conversión tiene que darse. Y esa conversión tiene un principal inconveniente:
El llamarse “cuarto de los trastos” no es, en absoluto, una nomenclatura arbitraria, sino perfectamente razonada, además de verificable. Lleno de momentos “mierdadondedejoestoquenocabeenningunsitio”, de ropa vieja, de trastillos varios cuyo uso se abandonó y otras cosas. Así, tengo desde ropa vieja a accesorios de oficina, pasando por ropa de casa en cantidad “ajuar” hasta bombillas,cables y material de bricolaje variado. Todo un bazar.

Cuando uno se motiva para reordenar, tirar cosas inútiles o sin uso, reubicar y reformar una habitación, se encuentra con que en el proceso es el siguiente: empezar, encontrar algo antiguo, mirarlo, sonreír y pararte a pensar en tus recuerdos, tus cosas.
Es un auténtico fenómeno el cómo asociamos los recuerdos a las cosas, la vida que las cosas tienen, aunque no les demos uso o simplemente ya no nos gusten. Tienen, aun siendo trastos, la capacidad de hacerte recordar tiempos pasados, mejores o peores, pero pasados. Recuerdas personas, situaciones, sitios, anécdotas y miles de sensaciones y emociones que te provocó el momento concreto, así como ahora te lo provoca la cosa concreta.
Las cosas que, a fin de cuentas, tarde o temprano tiras.
Las cosas que, a fin de cuentas, nunca dejan de hacerte recordar….

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Tuesday, March 10, 2009

La odisea cajeril, primera parte (y espero que última!)

Los bancos, en su afán por llamar nuestra atención dándonos facilidades mil, inventaron hace cuarenta años. Estoy segura de que John Sheperd-Barron, inventor del aparatillo y con cara de buena persona, desconocía que hoy en día el mundo estaría tan plagado de cajeros que es imposible que necesites dinero y te pille uno cerca.
 

Porque sí, resulta cuanto menos gracioso que haya millones de cajeros en cada ciudad española (si no, mirar los mapas online de cualquier entidad bancaria con miles de marcadores de cajeros) pero cuando necesites dinero no tengas ninguno cerca. O por lo menos el de tu banco, si es que no quieres pagar una comisión de mínimo 1€.
Pero lo mejor de todo es la razón de ser del cajero automático: el suponerte una facilidad a la hora de sacar dinero, bien sea porque no quieres sacar el suficiente como para pasar por caja, bien porque son horas en que el banco está cerrado. El suponerte un beneficio al tener una red de cajeros distribuida en zonas de tu ciudad.

Pues bien, resulta que cuando vas a un cajero pueden pasarte dos cosas interesantes:
a. Que la entrada del banco esté cerrada y no disponga de lector de tarjeta para entrar a él (cosa que me parece bien si esto existe, por seguridad, y que me parece harto mal si no existe, por falta de la misma). En ese momento, tiras y tiras de la puerta esperando que alguien la haya dejado abierta para dar un buen servicio. Porca miseria, piensas, si es que has encontrado tu banco, porque te tocará ir a uno de otra entidad a que te saquen una comisión que casi duele como un ojo.
b. Y aquí llega lo interesante: cuando llegas al cajero de la otra entidad, la comisión que te avisa. Si estás desesperado, tiras adelante con ella y asumes que te costaría 0.60€ mínimo consultar el saldo y 2.50€ medio hacer la operación, aunque saques 5 cochinos euros. Es precisamente en lo que saques en lo que se observa la mayor y peor consecuencia del cajero automático: sabemos que hay un límite máximo para sacar, pero…hay un mínimo?

Entendiendo que un cajero no puede darte menos de 5 €, cosa lógica porque no dispensa monedas, te preguntas si tu banco, que te da facilidades y al que das tu dinero, tiene el derecho a limitarte un consumo por encima de 10€, cosas del cambio. Me pregunto si en los cajeros sólo meten billetes grandes y el porqué de esta mezquindad, cuando la gente saca de 10 a 200€. Y una cosa es que pidas 10€ y te digan que no disponen de billetes, que saques 20€. Ahí, tírali que va. Pero….
…el otro día, con mucha prisa, tuve que sacar dinero de un cajero de cuyo nombre no quiero acordarme pero que empieza por BAR y acaba por CLAYS. Curiosamente, entidad en la que se instaló el primer cajero automático.
Sabiendo de antemano el tema de la comisión y su precio, tuve que ir a ese porque no había ninguno de mi entidad cerca y tenía mucha, pero que mucha, prisa. Tras lo habitual, me quedé a cuadros cuando observé en la pantalla que “Sólo se dispensan cantidades a partir de 50€”.  Muertecita me quedé. No pasa nada si en tu cuenta hay saldo de más de tres cifras o de una cantidad suficiente para que 50€ te parezcan una nimiedad sin riesgo.
Pero cuando tu cuenta es la mía, 50€ te parecen suficientes como para quejarte públicamente y montar una manifa online por las obligaciones incumplidas y las restricciones de los bancos.

He dicho.

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Friday, March 6, 2009

Ansias de libertad

Como cada año, mi cuerpo da una despedida final al invierno de la manera en que mejor sabe:costipándose.
Andaba yo muy ufana presumiendo de que este año, a diferencia del resto de los que recuerdo, sólo me había costipado una vez. Pero, como todo en la vida, cuando llega después de mucho tiempo, llega en plan “grosso”, es decir, intenso.

El caso es que llevo dos días sin salir de casa con un catarro del copete y mi cara se asemeja a un cuadro de Dalí: cara color cera, ojos borrosos, nariz-grifo, y boca como lengua gatuna. Una joyita, vamos. Y poco a poco, estoy ansiando el momento de salir…aunque sea para trabajar esta tarde, cosa que no me hace puñetera gracia. No sale uno ni para ventilarse y sale para trabajar.

Al margen, nuestro querido Mao lleva unos días desarrollando una nueva costumbre: sentarse en la mesa y mirar por la ventana, hacia el infinito, hacia esa calle de la que lo recogí hace ya un mes, con algun tipo de virus similar al que ahora me afecta a mí.


Y me sorprende porque se queda embobado mirando, quizá ansiando su libertad. Me pregunto si en la calle vivió algo que compensara su mal estado cuando lo recogimos, o si por el contrario la calle le supuso una liberación de un mal estado en una casa anterior. A la vista está que es infinitamente feliz en mi casa, con los cuidados de cuatro personas que, literalmente, se desviven por él. Es cariñoso, agradecido y compañero de fatigas, costipados y aburrimientos matutinos. Pero el tío no deja de mirar por la ventana.Imagino que le gusta mirar a la gente pasar,pensar en aquellas gatunas sabiondas a las que podía acercarse, gran limitación de su situación actual, o simplemente mirar y pensar qué haría si estuviese fuera.

Resulta, cuanto menos, gracioso el hecho de que ambos sintamos esa especie de ansias de libertad hacia la calle, aquella que nos trajo algún que otro hecho desagradable: sus peripecias y mi costipado. Ambos tenemos ganas de salir pero, por suerte para unos y desgracia para otros, la única que saldrá soy yo. Ahora bien, los mimos que se le dan a este gato sólo los recibe este gato. Nada comparable con los mimos humanos.

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