Hotelar y sus costumbres
El caso es que llevo dos semanas hotelando sin parar por un precio simbólico que, tal y como están las cosas, es un precio a secas. Mirándolo fríamente, no debería tener necesidad de marcarme este trabajo de chinos por semejante coste simbólico. Pero, porca miseria, sí la tengo. Mi cuenta lo dice todo y es suficiente argumento ante cualquier cuestionamiento. Gracioso no es, entretenido en el sentido estricto de la palabra, tampoco, pero da dinero. Y punto pelota. Ante lo simbólico del precio, me aventuré a cargarme con más faena ante un precio algo más tentador. Conclusión? El doble de faena en un tiempo límite record. 48 horas.
48 horas en las que la prolongación de mi mano no ha sido el amigo Lucky ni la cafeína, que también, sino mi fiel ordenador, en el que las líneas, los corta pega y las descripciones de hoteles han copado hasta al más paciente. En ellas, sumadas a las dos semanas que ya llevaba, he visto hoteles cutres, muy cutres, normalillos con aspiraciones y, desgraciadamente, ingentes cantidades de hoteles muy pero que muy maravillosos. Con la consecuente subida de precio. Además, viendo en qué centraba mis resúmenes, he visto esas pequeñas cosas que todos tenemos en común, sean cuales sean nuestras circunstancias o diferencias, cuando salimos de viaje. Esas pequeñas cosas son las que, con una estrategia bien marcada y unos análisis de experiencia, explotan nuestros amigos hoteleros para que caigamos en sus fauces. Bien hecho, por otra parte, porque al final disfrutaremos.
Sacando conclusiones varias, llegué a una definitiva: el concepto desayuno.
Cuando vamos de viaje, aunque sea a la vuelta de la esquina o a un sitio con pocas visitas culturales, sean éstos cuales sean, el desayuno es una especie de bacanal en la que todos almacenamos por si cae una bomba nuclear al salir del comedor. Con la extensa variedad que ofrecen los hoteles, y aún si se quedan cortos, las personas que normalmente desayunan un trocico de pan con aceite o que simplemente no desayunan, hacen acopio de unos dos o tres platos, que contienen cosas varias. Da igual que odiemos el desayuno inglés, porque cuando nos vamos de viaje nos plantamos unos huevos fritos con bacon como si fuéramos a ponernos unas sandalias con calcetines acto seguido. Allí, bien sea por quedar bien o por aprovechar, la fruta, los kilos de cereales y los millones de bollitos de pan circulan entre plato y plato hasta que el cuerpo dice, literalmente, basta. Es la hipocresía del desayuno, el hablar de dieta mediterránea en vez de dieta hotelera, por no hablar de pura gula.
Otro de los aspectos son los baños. Aunque en casa no nos bañemos, sino duchemos, en un hotel la tentación es taaaan alta que casi todos caemos. “Total, el agua la pagan ellos”. Además, buscamos hoteles que tengan de todo todito, aunque luego no utilicemos ni la mitad de las cosas.
Pero como, tarde o temprano, el hotelar se va a acabar, volveré a estas pequeñas costumbres maravillosas…
…que hacen que ir a un hotel tenga gracia.